Si no eres Feliz, He aquí Por Qué ~ Dinero online

jueves, 2 de marzo de 2017

Si no eres Feliz, He aquí Por Qué



En este artículo quiero dejar un texto que podrás encontrar en el libro de Tony Robbins: Despertando al Gigante Interior.
Un escrito con una gran verdad como un templo que todo el mundo debería leer sobre cómo ser feliz; cómo vivir feliz sin depender de nada.


Despertando al Gigante Interior, Reglas: Si no eres feliz, ¡he aquí por qué!


AL ESCRIBIR ESTAS PALABRAS, contemplo el profundo azul del Pacífico desde mi habitación del Hyatt Regency Waikoloa, en la isla Grande de Hawai. Acabo de observar algo que no ocurrirá en América del Norte hasta el año 2017: un eclipse total de Sol. Becky y yo nos levantamos esta mañana a las cinco y media para poder ser testigos, junto con otros muchos miles de visitantes, de este raro acontecimiento astronómico. A medida que la multitud de gente empezó a reunirse en el lugar desde donde se vería mejor, empecé a distraerme observando la diversidad de personas que habían acudido para compartir esta ocasión; había de todo, desde destacados hombres de negocios hasta familias en vacaciones, desde científicos que transportaban docenas de telescopios hasta autoestopistas que habían plantado sus tiendas en los picos de lava de la noche a la mañana, y niños pequeños que sabían que éste era un acontecimiento excitante sólo porque sus padres se lo habían dicho así.

Aquí estaban presentes multitudes de personas que habían llegado en avión de todas partes del mundo, con un coste de miles de dólares, sólo para tener la oportunidad de ver algo que sólo duraría unos cuatro minutos. ¿Qué estábamos haciendo todos aquí? ¡Queríamos quedamos a la sombra bajo el sol!
Realmente, somos una especie interesante, ¿verdad? El espectáculo empezó a desplegarse a las 6.28 de la mañana. Había ansiedad en el ambiente, y no sólo la anticipación de ver el eclipse, sino también el temor de la desilusión, porque, en esta mañana única, las nubes habían empezado a acumularse, y el cielo comenzaba a cubrirse. Resultó interesante observar cómo afrontó la gente la posibilidad de no ver satisfechas sus expectativas. Lo que habían venido a ver no era un simple desplazamiento de la Luna sobre el Sol, sino un eclipse total de cuatro minutos, durante los que la sombra de la Luna bloquearía por completo los rayos del Sol y nos dejaría envueltos en la oscuridad. Incluso habían inventado un nombre para eso: ¡Totalidad!




A las siete y diez habían aumentado las nubes, que se iban haciendo más grandes por momentos. De repente, el Sol penetró por entre un hueco de las nubes y todos pudimos observar un eclipse parcial durante un momento. La multitud lo saludó con aplausos excitados, pero las nubes no tardaron en cerrarse de nuevo, espesándose y oscureciendo por completo nuestra vista. Casi en el momento de producirse la totalidad (la máxima oscuridad), se hizo evidente que no podríamos observar cómo la Luna tapaba por completo el Sol. De repente, miles de personas echaron a correr hacia una pantalla gigante de televisión, montada por uno de los numerosos equipos de televisión que habían acudido. Y allí permanecimos sentados, viendo el eclipse en la televisión nacional, lo mismo que todos los demás en el resto del mundo. En aquellos momentos tuve la oportunidad de observar un abanico ilimitado de emociones humanas.
Cada persona respondió a la situación de acuerdo con sus propias reglas: sus creencias con respecto a lo que tenía que ocurrir para que se sintieran bien en relación con esta experiencia.

Detrás de mí, un hombre empezó a maldecir, diciendo: « ¿y me he gastado cuatro mil dólares y he viajado hasta aquí sólo para ver estos cuatro minutos en la televisión?» A pocos pasos de distancia, una mujer decía: « ¡No puedo creer que nos lo hayamos perdido!», mientras que, a su lado, su hija pequeña le recordaba con entusiasmo: « ¡Pero, mamá, si está ocurriendo ahora mismo!» Otra mujer sentada a mi derecha dijo: « ¿No es esto increíble? ¡Me siento tan afortunada de estar aquí!» Entonces, sucedió algo espectacular. Mientras todos contemplábamos la pantalla de televisión que mostraba la última rodaja de luz solar desapareciendo por detrás de la Luna, en ese preciso instante, nos vimos envueltos por la más completa oscuridad.

No fue nada parecido a la caída de la noche, en la que el cielo se oscurece gradualmente. ¡Esto fue una oscuridad total e inmediata! Inicialmente, se oyó un rugido entre la multitud, pero luego el silencio se hizo sobre nosotros. Los pájaros volaron hacia los árboles y permanecieron en silencio. Fue un momento realmente extraordinario. A continuación, sucedió algo histérico. Mientras la gente permanecía sentada, contemplando el eclipse por la pantalla de televisión, algunos de los que habían traído sus cámaras y estaban decididos a obtener su resultado empezaron a tomar fotografías de la pantalla. Al cabo de un momento, volvimos a vernos inundados por la luz, no la del Sol, sino la de los flashes de las cámaras. No obstante, la totalidad terminó casi un instante después de que hubiera empezado. Para mí, el momento más espectacular de todo el acontecimiento fue aquel en el que una diminuta rodaja del Sol se deslizó por detrás de la Luna, trayendo consigo la plena luz del día.




En ese preciso instante se me ocurrió pensar que, en realidad, no se necesita mucha luz para eliminar por completo la oscuridad. Momentos después del regreso de la luz solar, gran número de personas empezó a levantarse y a marcharse. Me quedé extrañado. Al fin y al cabo, el eclipse todavía estaba durando. La mayoría de ellos murmuraban sus quejas por haber «viajado desde tan lejos para perderse la experiencia de toda una vida». No obstante, unas pocas almas embelesadas siguieron observando durante cada minuto que duró, sintiendo una gran excitación y alegría. Lo más irónico de todo fue que quince o veinte minutos más tarde el capricho de los vientos había despejado el cielo de nubes, que ahora aparecía azul y claro, permitiendo que todo el mundo pudiera ver el eclipse con claridad. Pero pocas personas se habían quedado; la mayoría había regresado a sus habitaciones, gruñendo. Continuaron produciéndose a sí mismas sensaciones de dolor porque no se habían cumplido sus expectativas.

Tal y como suelo hacer en estos casos, empecé a entrevistar a gente. Deseaba descubrir cuál había sido su experiencia del eclipse. Muchas personas hablaron de cómo aquello había sido la experiencia más increíble y espiritual de sus vidas. Una mujer embarazada se frotó el hinchado vientre y me confió que, de algún modo, el eclipse había creado en ella un sentimiento de conexión más fuerte con su hijo todavía por nacer, y que éste era el lugar más adecuado donde ella podría estar ahora en el mundo. ¡Qué contraste de creencias y reglas he observado hoy!
Sin embargo, lo que me impactó como más humorístico fue que la gente se sintiera tan excitada y emocional por algo así que, al fin y al cabo, no era más que una sombra de cuatro minutos. Si uno lo piensa, no es un mayor milagro que el hecho de que el Sol salga cada mañana. ¿Se imagina que la gente de todo el mundo se levante temprano cada mañana para ver salir el sol? ¿Y si las noticias nacionales e internacionales cubrieran ardientemente cada una de las fases del acontecimiento, con informes detallados, describiendo apasionadamente la elevación del Sol en el cielo, y todo el mundo se pasara el resto de la mañana hablando de lo milagroso del acontecimiento? ¿Se imagina la clase de días que tendríamos? ¿Y si la CNN empezara cada emisión diciendo: «Buenos días, Una vez más, ha ocurrido el milagro: ¡ha salido el Sol!»? ¿Por qué no respondemos de este modo? ¿Podríamos hacerlo? Puede apostar a que sí. Pero el problema es que nos hemos habituado. Estamos tan acostumbrados a que cada día ocurran verdaderos milagros a nuestro alrededor, que ya ni siquiera nos parecen milagros. Nuestras propias reglas nos dictan a la mayoría de nosotros que codiciemos aquellas cosas que son escasas, en lugar de apreciar los milagros que abundan. ¿Qué fue lo que determinó las diferencias entre las respuestas de aquella gente, desde la del hombre que se enojó tanto que destruyó su cámara allí mismo, a aquellos otros que no sólo experimentaron alegría, sino que la experimentarían de nuevo cada vez que hablaran con los demás del eclipse durante las próximas semanas, meses e incluso años?




Nuestra experiencia de esta realidad no tuvo nada que ver con la realidad, sino que fue interpretada a través de la fuerza controladora de nuestras creencias y, específicamente, por las reglas que teníamos acerca de qué tenía que suceder para que nos sintiéramos bien. A estas creencias específicas que determinan cuándo obtenemos dolor y cuándo placer, las denomino reglas. El hecho de no comprender su poder puede destruir toda posibilidad de ser feliz en la vida, mientras que una completa comprensión y utilización de las mismas puede transformar su vida casi tanto como cualquier otra de las cosas sobre las que hemos hablado en este libro. Permítame hacerle una pregunta antes de continuar. ¿Qué tiene que suceder para que usted se sienta feliz? ¿Tiene que haber alguien que le dé un abrazo muy fuerte, le bese, haga el amor con usted, le diga lo mucho que le respeta y le aprecia? ¿Tiene que ganar un millón de dólares? ¿Tiene que lograr hacer el recorrido del campo de golf con un tanteo bajo par? ¿Tiene que obtener el reconocimiento de su jefe? O ¿Tiene que alcanzar todos sus objetivos? ¿Tiene que conducir el coche que le parece correcto, acudir a las fiestas correctas, ser conocido por las personas correctas? ¿Tiene que ser espiritualmente evolucionado, o esperar hasta haber alcanzado la iluminación total? ¿Tiene que correr ocho kilómetros diarios? ¿Qué es lo que tiene que suceder realmente para que usted se sienta bien?

La verdad es que no hay nada en especial que tenga que suceder para que se sienta bien. No necesita un eclipse para sentirse bien. Podría sentirse bien ahora mismo, ¡Y por ninguna razón en particular! Piénselo. Si gana un millón de dólares, el millón de dólares no le va a dar ningún placer. Es su regla que dice: «Cuando alcance esa marca, entonces me concederé permiso para sentirme bien». En ese momento, cuando decide sentirse bien, envía un mensaje a su cerebro para que cambie sus respuestas en los músculos de su cara, pecho y cuerpo, para que cambie su respiración y la bioquímica de su sistema nervioso, que es la que le produce las sensaciones que denomina placenteras. ¿Quiénes cree que pasaron el peor momento el día del eclipse?, Quienes tenían las reglas más intensas en cuanto a lo que tenía que suceder para que ellos pudieran sentirse bien.
No cabe la menor duda de que quienes experimentaron más dolor fueron los científicos, y los turistas que se veían a sí mismos como científicos. Muchos de ellos tenían numerosas cosas que hacer en esos cuatro minutos, antes de que pudieran sentirse bien al respecto. No me interprete mal: no hay nada erróneo en comprometerse a conseguir algo y hacer todo lo que sea posible por alcanzarlo. Pero hace años hice una distinción que cambió la calidad de mi vida para siempre: mientras sigamos estructurando nuestras vidas de una forma en la que nuestra felicidad dependa de algo que no podemos controlar, experimentaremos dolor. Como yo no estaba dispuesto a vivir con el temor de que el dolor pudiera sacudirme más, y como me consideraba un ser inteligente, rediseñé mis propias reglas para que cuándo sienta dolor y cuándo sienta placer dependan de cuándo me parece apropiado a mí, basándome en mi propia capacidad para dirigir mi mente, cuerpo y emociones.




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